miércoles, 22 de octubre de 2008

CORAZON PARTIO



Más encantador que Hamelin, de apariencia símil al Príncipe de los cuentos pero sin protocolo, su único y gran defecto era su adicción a las mujeres.

Como todo el que padece de este vicio, se disculpaba con un cada vez más flacucho "es que todavía no encontré a la mujer de mi vida". Claro que si su vida era aterrizar borracho en cuanto bar, fiesta o boliche atestado de colegialas se anunciara en la ciudad, en busca de sexo express, un encuentro platónico iba a ser más bastante poco probable (convengamos que no imposible)

Su motor era la conquista per se. Hacía un uso constante de su arte para la seducción. Desde antes de la primera palabra cruzada con mujer alguna, ya desplegaba sus dotes, como buitre planeando bajo sobre el muerto antes de despedazarlo.

Más exacto que con un buitre sería compararlo con un lobo, ejemplar rebosante de salud y en permanente celo que rondaba las tertulias nocturnas en busca de víctimas no mayores de veinte.

Animal experimentado en conducirlas a su guarida de soltero, les daba tanto placer que extirpaba de sus pieles cualquier evidencia de ingenuidad para luego abandonarlas a su suerte, eternas palomas de ala rota, escritoras de mensajes jamás contestados (salvo en tiempos de hambruna)

Su salvajismo tenía poco de caballeroso y en cuanto la presa del momento se subía a un taxi y caía para siempre en un pozo sin fondo, él se hundía gozoso en la soledad de sus dos plazas y media.

Sin embargo, pasadas algunas horas, lo mismo que lo había llevado al éxtasis, le asqueaba. Ganas de borrarse a lengüetazos cualquier rastro de saliva ajena, como un gato que se lame la herida.

Tenía un repertorio variado: mozas, peluqueras, colegialas, pobres diablas, secretarias, promotoras y alguna que otra loba que, como él, jugaba a la liebre, aunqeua esas las identificaba con el primer olfato.

Todo empezó a cambiar cuando conoció a la sirena. Al principio no sintió nada especial. Sería apenas una más en su abultada lista de conquistas. Una mujer con cola de pez, nada mal para su agenda de extravagancias.

Se vieron una, dos veces, hasta que él descubrió en su pelo un no sé qué de algas, un aroma a recién salida de la ducha todo el tiempo, algo que lo eclipsó (sabida es la debilidad de los lobos por la luna)

Su sirena lo fue trabajando de a poco. Un día, le cantó desde las profundidades; otro, se asomó a mirarlo y al descubrir que él también la miraba, se zambulló perturbada. En poco tiempo, la frialdad calculadora del lobo se derritió como manteca al sol.

Es que las sirenas son lo peor que hay. Su doble identidad las vuelve impredecibles.


Ella supo enamorarlo como nadie antes para abandonarlo luego a su llanura solitaria.

Desde entonces el lobo comenzó a sufrir unos feroces dolores estomacales. Le dolía la panza, pero el juraba que le dolía el corazón.

Movido por los efectos de ese adiós inesperado, intentó convencer a la junta médica de que le hicieran un transplante de órganos.

Pero los resabios de su don flautista no le fueron suficientes y lo sometieron a otrotipo de intervención quirúrgica.

-Era una peritonitis machaza, dijeron los médicos (bueno, algo así)


Sólo el lobo, en su inmensa soledad, podía entender que todo aquello no era más que el resultado del tremendo coletazo dado por su sirena al pegar la vuelta para siempre.