viernes, 24 de abril de 2009

Punto rojo en el cielo




Una rana made in china y un globo rojo atado a la silla. Así la esperabas en el bar de la terminal, cuando a través del vidrio, la viste bajar del colectivo con su bolsón enorme que siempre intentaba arrastrar con el pie, como a un animal dormido. Te preguntaste cómo podía ser tan linda, a esa hora.


Su pelo largo y ondulado te traía la postal de la Venus de Milo y ese viaje gasolero por el primer mundo en que no les había quedado hostel piojoso por conocer. Sólo cuando hizo un gesto con la mano saliste de tu pensamientos, a su encuentro.

Lo primero que llamó tu atención fue no ver al remolino Laura, encima tuyo. No tener que hacer nada por detener aquel arrebato de besos y abrazos que imaginabas te despojaría de todos los regalos. No.


Laura se acercó caminando, casi como si no te hubiera reconocido y estuviera yendo hacia vos de la manera en que alguien se acerca a preguntar una calle. Pero te había reconocido, porque dijo "Hola Martín" y te abrazó como si te estuviera consolando de algo o esquivando el beso esperable después de semanas sin verse.


"Un mes no es nada, tonto, pasa volando", había dicho ella antes de irse. Ahora, en el mismo lugar, un mes después, todos sus movimientos parecían desmentirla. Cuando aflojó el abrazo, registró el globo y la rana de peluche.


-¿Son para mí?
-No, para el chofer del micro. Claro que son para vos, hermosa.
-Gracias, son re lindos (Laura en silencio, mirándose los pies)
- Ey, amor ¿Qué pasa? ¿Por qué estás así? No me asustes.


Apretaste su cara dulcemente y la obligaste a levantar la mirada. Su boca fría, como un pájaro muerto, te negó por segunda vez el beso mientras escondía la cara en la cortina castaña de su pelo. Por un instante, sólo se asomó su frente, y la escuchaste llorar.


-Mi amor ¿Te hicieron algo? ¿Alguien te hizo algo?
-Estoy bien, sólo quiero que hablemos. En otro lado.

-Bueno, el auto está por allá.


Una vez al volante, empezaste a darte cuenta de que te estaba dejando. Laura te estaba dejando. No podía ser. Tal vez estabas entendiendo mal y sólo te había engañado, había conocido a un francés con su estúpido acento amanerado y se había dejado llevar por el champagne, y la distancia, y lel fervor de lo nuevo, pero nada más (¿nada más? ¿de veras preferías un engaño?) Antes de hablar, te endureciste.


- Lindas tus zapatillas.
- ¿Qué?
-Digo, te deben gustar mucho, porque no dejaste de mirarlas desde que llegaste.
-No seas irónico.
- Y vos no seas vueltera. Largá todo. Si me vas a dejar, hacelo ya.



Un trámite. Laurita en la Obra Social, pidiendo la autorización de una orden. Laurita con ganas de que le firmen todo rápido para irse a la casa y alquilar una de terror o de acción. Y mirarla sin vos al lado, claro. Laurita enfermera preparando un discurso para amortiguar el golpe, diciéndote lo que aquellas viejas gordas de las salitas de barrio: "Ahora va a venir un mosquito y te va a picar". Hija de puta. No te va a doler.

Qué no somos los mismos (lógico, fuimos cambiando) Que nuestros besos ya no son apasionados (pasaron diez años, Laura) Soy yo, que no sé lo que quiero.


Por tercera vez, desesperado, apuraste tu lengua en el agujero de su boca, y ella te corrió la cara. Así no, terminemos bien. Su boca muerta (antes, red de mariposas, ahora, agujero negro) ¿Te doy asco Laura? (agujero por donde se te iba la vida sin que pudieras hacer nada por retenerla) No querer escuchar. No sentir el ruido de tu corazón cayendo desde la cima como una piedra frágil.


-Está bien, Laura. No te gastes. Ya entendí. Se terminó el amor.
-Tampoco lo digas así.

Al poner la marcha te dolió ver que la cara de Laura se relajaba, que su misión de mensajera había terminado. Darte la noticia y relajarse. El único protagonista del velorio, eras vos, el único familiar directo. Laura tan ajena. Lejana ¿Cómo no te habías dado cuenta? ¿Qué señales habías dejado pasar en tan sólo 30 días? ¿O venía de antes? ¿Qué ibas a hacer cuando ella bajara, cuando la puerta del auto, plaf, rebotara en tu tristeza, y vos, plaf, perro que esconde la cola porque no quiere entender que lo están dejando en la ruta? ¿Cómo ibas a retener su perfume, a fijarlo en el entramado gris de su asiento para acariciar tu rutina de casa al trabajo?


Ella te hablaba y vos te perdías en sus uñas rojas, que siempre te habían parecido pétalos de una flor muy pequeña, te perdías en el puño apelotonado de su pullover rojo tejido a mano, con la nostalgia anticipada de que ya nada era tuyo.


¿Te saludaría Laura desde la vereda de enfrente cuando la vieras caminar con otro bajo un paraguas cualquiera? Maldito cine yankee. Todos los clichés de Holyywood pisoteando la alfombra roja de tu cerebro. Ser caníbal, comerla, guadarla en tu estómago como un souvenir de lo que fue y lo que no fue. Empezar a llorar por ella, emborracharte, sentirte embarrado como si en tu pieza lloviera y vos fueras una planta de raíz débil . El lodo te va comiendo y no queda nada. El deseo de no ser, no estar, no abrir la ventana, ni atender el teléfono. Pero ¿Y si era ella?Te dejaba, te estaba dejando, y la rana de peluche te miraba con sus ojos de plástico. Fucking rana. Fucking cara de idiota pidiéndola en la juguetería, "A ella le fascinan las ranas", y la vendedora, "Qué tierno", mientras te daba el vuelto, "Ojalá le guste", y vos confiado, "Le va a encantar".

-Te quiero mucho, Martín.

Que no diga tu nombre, que no lo diga ¿Cómo se puede ser tan cruel dentro de ese enorme pullover rojo tejido a mano? Fucking rana. Ahora vas a ver. Te vas a quedar sin ojos. Vas a volar por la ventanilla. Volvé a las cloacas rana de mierda.

-¿Qué haces Martín? ¡Sos un hijo de puta! ¡Era mi rana!

Ella que baja del auto y vos que le bajás el bolso y la dejás ahí, parada en la puerta de su casa, con el globo en la mano. Te vas. Por el retrovisor la ves arrodillarse a levantar la rana y te sentís mejor. Cuánto te amo, Laurita enfermera. Decime otra vez que no me va a doler.
Ya pasó un mes, es la madrugada y estás durmiendo solo en una cama todavía muy grande. Despertás agitado por una pesadilla y volvés a escuchar las palabras de Laura: "Un mes no es nada, tonto". Vas a la heladera y te servís agua. La imagen del sueño te sigue los pasos. No querés pensar. No querés seguir viendo a esa fucking rana hundida en el charco del cordón. No querés ver a Laura, por el retrovisor, abriendo la mano, mirando como ese punto rojo se pierde en el cielo, mientras tu auto se aleja.